El cristianismo es, en esencia, misionero. O, al menos, debe serlo, si nos sustentamos en bases bíblicas. Con esto quiero decir que, en caso de que un cristiano no esté involucrado de alguna manera en la misión, no cumple con requisitos básicos que encontramos en la Palabra de Dios sobre el tema. Si tomamos las Sagradas Escrituras, encontraremos que de Génesis hasta Apocalipsis Dios tiene un propósito que no cambia: que las naciones reconozcan su gloria (Salmos 67:3-4; Salmos 96:3; Salmos 117:1; Apocalipsis 7:9).
Por lo tanto, si el fin de Dios es ser exaltado por todas las naciones, este debe ser el motor de la misión en la iglesia. Dios pretende ser el centro de la adoración y la glorificación y deja constancia que no va a compartir esto con nadie más. Una cita que muestra esto de manera clara, es Isaías 48: 9-11, donde dice
“Por amor a mi nombre contengo mi ira; por causa de mi alabanza me refreno, para no aniquilarte. ¡Mira! Te he refinado, pero no como a la plata; te he probado en el horno de la aflicción. Y lo he hecho por mí, por mí mismo. ¿Cómo puedo permitir que se me profane?¡No cederé mi gloria a ningún otro!”
Si bien esto choca de frente con la mirada antropocéntrica que hoy se tiene en la sociedad, en donde prevalece la exaltación del bienestar del hombre y lo pone en el centro de atención, debemos proclamar la gloria de Dios. Corrientes como el hedonismo, el materialismo y el narcicismo han contribuido a la desviación de la mirada del hombre sobre Dios, para creerse que es Dios quien tiene que satisfacer las necesidades del hombre. Estas corrientes fueron ya cuestionadas en tiempo del profeta Isaías[1], y pensadores cristianos contemporáneos, como John Stott, también desarrollan esta idea[2]. Desde mi perspectiva, estos ismos desvían la atención en la misión de la iglesia, quitando a Dios del centro y poniendo al hombre en su lugar. Esto resulta grave y anti bíblico, ya que Dios pondera mucho su merecido reconocimiento de adoración y gloria.
En su libro ¡Alégrense las naciones![3], el pastor y escritor John Piper, dice sobre esto:
“¿Cuál es el fin principal del hombre? Respuesta: El fin principal del hombre es glorificar a Dios y disfrutarle para siempre. Pregunta: ¿Cuál es el fin principal de Dios? Respuesta: El fin principal de Dios es glorificar a Dios y disfrutarle para siempre.”
Sosteniendo, además, que:
“La obra misionera no es la meta final de la iglesia. Lo es la adoración. Las misiones existen porque la adoración no existe. La adoración es absoluta, no así las misiones, porque Dios es la medida final de todas las cosas, no el hombre. Cuando termine esta era, y los incontables millones de redimidos doblen sus rodillas ante el trono de Dios, las misiones se acabarán. La obra misionera es una necesidad temporal, pero la adoración permanece para siempre.”
Entonces, las misiones no se centran en el hombre o en su necesidad de ser redimido, sino en Dios y su propósito de ser adorado y glorificado. Lo que hacemos los cristianos es mostrar la gloria de Dios a las naciones. Las misiones son el vehículo para el fin último de adorar y mostrar la gloria de Dios.
Ahora, debemos preguntarnos por qué esa necesidad. Por esto: porque todo ha sido creado por él, por medio de él y para él (Colosenses 1:16-20). La obra única de Cristo muriendo en la cruz y resucitando al tercer día es la única capaz de reconciliarnos como creación con Dios y volver a ser para él y vivir para él. Si realmente creemos que Cristo es Dios hecho hombre, no podemos más que testificar de esto. Si realmente creemos que “¡Grande es el Señor y digno de alabanza!”, como dice el Salmo 96, debemos hacerlo.
[1] En Isaías 5:11 vemos un cuestionamiento y reprensión del profeta hacia aquellos que viven una vida licenciosa, entregada al desenfreno y el desorden, en busca del placer y de entregar su vida a la diversión, tal como enseña la filosofía de vida hedonista; mientras que en el versículo 8 del mismo capítulo la advertencia es contra aquellos que “acaparan casa tras casa y campo tras campo”, en lo que encontramos una referencia a lo que hoy conocemos como materialismo, siendo esto una obsesión hacia las cosas materiales; en el capítulo 6:5 vemos que Isaías vuelva su mirada a sí mismo, diciendo “¡Ay de mí, que estoy perdido!”.
[2] John Stott, El discípulo radical. Pág. 16-25. Editorial Certeza. En este libro, Stott cuestiona cuatro ismos con los que la iglesia tiene que luchar hoy, tanto como en los tiempos del profeta Isaías. Estos ismos son el pluralismo, el relativismo ético, el materialismo y el narcisismo.
[3] John Piper, ¡Alégrense las naciones! La supremacía de Dios en las naciones. Pág. 15. Editorial Clie.
Fragmento del libro “Misiones para todos. Cómo ser parte del propósito misionero de Dios”, de Daniel Castoldi, editado por Letra Paraguay, 2020.

Daniel Castoldi, Intentando ser discípulo de Cristo. Misionero, pastor, Bachiller en Ministerio, es Argentino. Exégeta en la traducción de la Biblia en LETRA.