COMO LA VERDAD NOS HACE LIBRES

Minutos antes de mandar a Jesús para ser azotado y crucificado, Poncio Pilato le hizo una pregunta de peso existencial: ¿Y qué es la verdad? Fue, según vemos registrado en los Evangelios, lo último que le dijo.
Pilato, como la gran mayoría de seres humanos a lo largo de toda la historia, quería saber qué era la verdad. Ese absoluto que todo lo condiciona, y que es necesario para tener parámetros sobre lo que está bien y lo que está mal, sobre lo bueno y lo malo, el límite entre lo correcto y lo incorrecto. Pilato, con todo su poder, autoridad y comodidad financiera, no sabía qué o quién era la verdad. Su posición y formación como político y militar romano, que lo hacía creer en cientos de dioses y supersticiones, no le dieron una respuesta a tan fundamental pregunta. 
Todos, quizá hasta sin darnos cuenta, nos hemos preguntado cuál es la verdad. Desorientados y sin rumbo fijo, la verdad da una orientación hacia dónde ir. Sin la verdad, no hay límites, las fronteras entre lo moral y lo amoral no existen, todo es relativo y se diluyen juntos el bien y el mal.
Y Pilato tenía a la verdad en frente suyo, pero no se quedó a escuchar la respuesta: se dio la media vuelta y se fue, dándole la espalda a la verdad. Como nosotros muchas veces. Pilato hizo una excelente pregunta, una que hubiera cambiado su vida para siempre, si tan sólo hubiera esperado una respuesta de aquél que es la verdad eterna, capacitado como ningún otro para introducirlo a la verdad.
Y esa verdad, que Jesús mismo dice ser, nos hace libres. Si leemos con atención Juan 8:31-32, conocer la verdad nos lleva a la libertad. Pero, para ser libres, debemos seguir unos pasos que, a veces, se nos pasan por alto.
Entonces, somos libres, y sabemos que los que estamos unidos a Jesús nada nos condena, ¿pero de qué somos libres? Somos libres de, al menos, estas tres generalidades:
  1. El pecado que nos esclaviza, como las adicciones a la droga, al alcohol, a la pornografía o la violencia. Cristo nos redime, es decir, nos compra como esclavos para liberarnos. El pecado que esclaviza es aquel que no puede dejar de hacerse, sobre el que no hay control. Son pecados que dominan de tal forma que, por mucho que se lo intente, no se puede desligar de ellos. El discipulado rompe las cadenas que nos atan al pecado y nos permite ser las personas que sabemos que debemos ser.
  2. Las mentiras que nos creemos, porque nos las han dicho otros o la sociedad. Es libertad de otras personas o del modelo del mundo. Muchos viven dominados por el miedo a lo que puedan pensar o decir los demás. La voz de nuestros prójimos llega con más fuerza a nuestros oídos que la voz de Dios. Pero, el discípulo ha dejado de preocuparse por lo que pueda decir la gente o la sociedad, porque lo único que le importa es lo que diga Dios. Esas mentiras te dicen que no servís para nada, que sos un inútil, que nada te va a salir bien, que estás solo, o que nadie te entiende, que no le importás a nadie, que no lo vas a lograr, o no sos tenido en cuenta. Y también las mentiras de los modelos de la sociedad nos afectan, como los parámetros de belleza o la consideración de lo que es ser exitoso, cosas que generan competencia, envidia, frustración. Pero Cristo nos hace entender que esas son mentiras que nos atan y dañan, para entender que una vida en plenitud es tenerlo a Él.
  3. Nosotros mismos, ya que muchas somos nuestro peor enemigo, por complejos de inferioridad, vanidad, orgullo o egolatría, que son desequilibrios que nos llevan muchas veces a creer que no podemos cambiar y que están destinados a padecer y sufrir. O, por el contrario, tenemos un concepto demasiado alto de nosotros mismos, viendo al resto como inferiores. Pero el poder y la presencia de Jesús pueden recrear a una persona hasta el punto de hacerla completamente nueva, y así poder tener una consideración equilibrada de sí misma, y verse como Dios la ve.
    Visto esto, te pregunto: ¿Estás listo para ser libre? ¿Te animas a ser libre? ¿Te querés comprometer con Dios para seguir los pasos del discipulado y la liberación? ¿Te querés comprometer a aprender y ser fiel a las enseñanzas de Jesús y ser su discípulo? Estas preguntas parecen tener una respuesta obvia, pero muchas veces no nos animamos a ser libres, porque vivimos presos desde toda la vida, por traumas o temores que traemos desde muy pequeños, y, al no saber cómo es vivir en libertad, nos da miedo el cambio, nos asusta el cómo será vivir en libertad. Pero, anímate. Vivir en libertad nos sólo es lo mejor, sino que es lo que Dios quiere.
 Juan 18:37-38; Juan 8:31-32; Juan 14:6; Romanos 8:1; Romanos 12:2.
Daniel Castoldi, Intentando ser discípulo de Cristo. Misionero, pastor, Bachiller en Ministerio, es Argentino.  Exégeta en la traducción de la Biblia en LETRA.

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